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OPINIÓN

Cuarto y mitad de lo mismo

Cuarto y mitad de lo mismo
Enrique Herrero / 25 de noviembre 2019

Hay un punto irrebatible en la decisión de hacerse un máster Casado; entre prolongar el tiempo sin límite o encogerlo haciendo trampas para llegar al mismo punto pero con antelación y sin procedimientos tediosos. Tan irrebatible que quien más quien menos ha elegido alguna vez hacerse uno, aún a riesgo de poder ser sorprendido en un Cifuentes, con en el carro del helado. Bueno. Para ser honestos, reconozcamos que hacerse un Casado es algo bastante habitual.


Pongamos un ejemplo. Me apuesto una cena contra quien haya hablado o escrito sobre el Pleno del 21 de octubre y me pueda certificar que se lo ha zampado entero; dos cenas incluso a quien deduzca al finalizar este artículo si me lo he tragado yo mismo. Íntegro, por supuesto. De las dos de la tarde hasta la una de la mañana. Incluido el receso. Once horas y diez minutos. Ahí es nada. Es más; venido arriba, me apuesto un Lhardy a quien me demuestre que más de cien personas en total se conectaron en algún momento a seguir las discusiones.

Cabe quejarse de que los Plenos sean tan largos. Y preguntarse si hay alguien a quien ese formato puede beneficiar. La respuesta es que tal vez sí; que por inverosímil que parezca puede resultar útil a quienes lo protagonizan y particularmente a quien lo convoca. Y la razón es obvia: cuanto más dilatado, más artificioso; menos atención se le presta. Una Sesión de once horas y diez minutos, como la última, solo hace que cundir la sensación entre la ciudadanía de que es absolutamente inservible. Sin embargo, esto no es verdad: en un Pleno se tratan asuntos de mucho calado que podrían suscitar mucho más interés a poco que hubiese un poco más de voluntad. Entre ellos los llamados reconocimientos extrajudiciales de crédito.

Pongamos que hay tres mecanismos que mueven la acción del Gobierno en el corto y medio plazo: en el plano ejecutivo, la Junta de Gobierno; en el estratégico, las reuniones dizque a tres; y en el presupuestario, los mencionados reconocimientos extrajudiciales.

La Junta de Gobierno pasa tan desapercibida como la publicación periódica de sus acuerdos. Atribuyen a  Azaña la frase de que la mejor forma de guardar un secreto es publicarlo en un libro. Aquí en Getafe básicamente miran las Actas de la Junta algunos pocos asesores buenos y algunos pocos colectivos e individuales que, paradójicamente, no tienen representación institucional.

Las reuniones a tres son de sobra conocidas pero nadie puede conocer su contenido, porque, obviamente, son privadas. En esa situación, todo lo que hay son habladurías y gente irrelevante con ganas de sentirse importante. Yo ahí no me meto. Son particulares y hay que respetarlas.

Publicadas las Juntas y calladas las reuniones a tres, solo queda por laminar la tercera pata de la acción del Gobierno - los reconocimientos extrajudiciales - para provocar que la política institucional deje de importar definitivamente a la ciudadanía. Y para ello, nada mejor que hacernos un Casado al Pleno, prolongándolo durante once horas y consiguiendo que sea insoportable, porque entonces nadie le prestará atención. En el minuto de oro de seguimiento por streaming... ¿Veinte personas?

Algunos pueden decir que soy un rencoroso; que como ya no trabajo allí siento envidia y ahora me dedico a criticar a mis ex-. En realidad, es algo más que eso. Es también una autocrítica porque reconozco que durante los cuatro años que fui concejal yo también contribuí a alargar hasta la extenuación las sesiones plenarias con cuestiones fútiles y a dejar pasar delante de mis narices lo que en realidad era importante. Sí; sin duda, lo hice muy mal.

Analicemos lo que ocurrió el día 21 de octubre, ahora que está alojado el vídeo en la web del Ayuntamiento y la moviola permite hacerse un Casado con él. En el orden del día figuraban 57 puntos, de los que 21 se correspondían con reconocimientos extrajudiciales de crédito. Expliquemos brevemente qué son los reconocimientos y para qué se utilizan.

Existen dos marcos jurídicos a partir de los que un Ayuntamiento puede hacer frente a sus obligaciones de gasto. Un pago, o está recogido en el Presupuesto o lo exige una sentencia judicial. En consecuencia, todo pago obligado que no proceda de uno de esos marcos podría considerarse automáticamente nulo de pleno derecho. Para evitar esta situación, la legislación ha dotado a las corporaciones de la figura de los reconocimientos extrajudiciales de crédito: Un procedimiento que convierte en legal el pago de la Administración a un tercero que ha efectuado para ella algún tipo de actuación. El reconocimiento permite realizar ese desembolso aunque no esté presupuestado y antes de que lo exija una sentencia judicial.

A pesar de ser legales, los reconocimientos deberían tener - deben tener - un carácter de especialidad, de excepcionalidad. Lo que contrasta con que al último Pleno se llevara un total de 21. Y por un valor de ¡782.000 euros! También en el anterior, y en el anterior. Ocurre en realidad en casi todos, con lo que, al final, lo excepcional se convierte en costumbre. Sobre todo si un Gobierno no hace lo que debe. Cierto es que no todos los reconocimientos son imputables a una mala gestión del Gobierno. Algunos son inevitables. Pero sí que es verdad que su abuso denota una gestión francamente mejorable. Es lo que ocurre, por ejemplo, cuando no eres capaz de aprobar unos presupuestos y debes trabajar con prorrogados.

Para evitar el abuso por parte de los gobiernos de turno, el legislador estableció que los reconocimientos debían ser necesariamente aprobados por el Pleno. Está bien pensado... si no fuera porque todos, oposición y Gobierno, nos hacemos un Casado con ellos. Con una oposición firme, el Pleno tendría que servir, no ya para aprobar, sino sobre todo para fiscalizar punto a punto, reconocimiento a reconocimiento. Pero la manera en que se tratan en el Pleno revela que la mayoría de los grupos pasa de - o no puede -, revisarlos a fondo, uno por uno. No hablamos ya de enredarse en la Sesión con el concejal o concejala delegada correspondiente para que explique por qué tantos y por qué tanta cuantía.

En vez de eso, lo que suele hacer la oposición es votar en abstención. Como mucho,   denuncia tibiamente, y con razón, al gobierno. Pero luego se abstiene en masa. Porque si no se ha  analizado punto a punto, lo único que te queda siendo concejal es la votación: protestar por el abuso que el gobierno hace de esa figura y no contribuir a blanquear su ineficacia  – no votar NUNCA a favor – al tiempo que ponerte de perfil – no votar CASI NUNCA en contra -, porque las consecuencias para terceros, o incluso para los mismos concejales, pueden ser graves.

En resumidas cuentas: ni a favor, ni en contra. El Gobierno tiene las manos libres para hacer y deshacer a su antojo. No nos extrañe que en el último Pleno los 21 reconocimientos por valor de 780.000 euros se tramitaran en apenas 45 minutos. A veces tarda más el Secretario en leerlos que los concejales en votar. Es una manera de convertir lo importante en intrascendente. Y contrasta con que los otros 26 puntos se dilataron más de diez horas. Entre ellos había además algunos que ni siquiera hacían referencia a Getafe, que no tenían que ver con  este municipio. Algunas – y eso que este Pleno no fue especialmente prolijo en ello – se referían a ámbitos en los que un Ayuntamiento no tiene ni siquiera tiene la más remota capacidad de actuación. El mundo al revés. Para todos ellos, diez horas.

Saquen ustedes sus propias conclusiones. No es difícil. A finales de la legislatura pasada se aprobó un reglamento del Pleno. Me consta que hubo muchas personas de todos los signos que estuvieron implicadas y volcadas en convertirlo en una herramienta útil. Con desolación pienso que, por lo menos con lo visto hasta ahora, se siguen cometiendo algunos de los errores del pasado.

Por lo demás, nada nuevo en la actuación de los y las concejalas. Si acaso un poco más de numantinismo estratégico, por aquello de las elecciones del día 10-n y por la cercanía de las negociaciones de presupuestos que están ya a la vuelta de la esquina. Nada distinto de lo que hemos vivido tantas veces en los últimos cuatro años. Nada distinto que haga ilusionarse a la ciudadanía por la política institucional: ni los Plenos eternos, ni los reconocimientos transparentes, ni las legislaturas fallidas. Así las cosas, que nadie se sorprenda si al final una mayoría harta se hace un Casado y decide que va a llegar hasta el final sin pasar por el medio.



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