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OPINIÓN

ADIÓS A UN MAESTRO

ADIÓS A UN MAESTRO
Gonzalo Mora / 21 de mayo 2020

Getafe, 1980, pudiera ser 1981. En el recién estrenado instituto Silverio Lanza, en los arrabales de ese arrabal que entonces era el barrio de Las Margaritas, tuve la oportunidad de conocer a Maxi Rey. En aquel tiempo, un servidor era bachiller del BUP, un pipiolo de dieciséis o diecisiete años que andaba como pasmado en aquella España de la Transición, con la cabeza y el corazón lleno de dudas e incertidumbres.

Y entonces, como una luz en medio de aquellas sombras, ese pipiolo, y otros muchos pipiolos y pipiolas como él, se encuentran con Maxi. Un profesor de Lengua y Literatura que, además, hacía las veces de animador cultural en el instituto. Suya fue la iniciativa de poner en marcha un grupo de teatro —La escalera, creo que se llamaba—, y la organización de eventos culturales de diverso pelaje. Aún recuerdo, por ejemplo, a la basca de alumnos del Silverio Lanza —con el inconfundible aroma de la zona sur de Madrid— en el patio de butacas del teatro Español viendo Los baños de Argel, la obra de don Miguel de Cervantes, según recreación de Francisco Nieva, y la posterior tertulia que mantuvimos con este director. En esa conversación, el personal pudo dar su opinión, tampoco experta ni rigurosa, sobre aquella compleja obra, y, al final, escuchar la felicitación de Francisco Nieva por lo atentos y aplicados que nos habíamos mostrado.

—Parecen unos chicos y unas chicas estupendos, Maxi.
—Bueno, no es oro todo lo que reluce, Paco.

Aquellos años pasaron, el bachiller quedó atrás, y el abajo firmante continuó su camino, alejándose incluso de Getafe. Poco o nada supe de Maxi, hasta que pasados 35 años, sí, 35 años, me volví a topar con él. Nos situamos ahora a finales del 2016, y en concreto en las semanas previas a la presentación de Tierra de aluvión, mi primera novela, en el centro cívico de Las Margaritas. Por una carambola de las redes sociales, contacté con Maxi, y, una vez superada la confusión inicial, su memoria me situó en el tiempo y en el espacio. Desde ese instante supe que me tenía que acompañar en aquella presentación sí o sí, como se dice ahora. Por dos importantísimas razones. La primera, porque él me orientó en los terrenos, en ocasiones pantanosos, de la literatura; y porque en Tierra de aluvión (novela que se subtitula la memoria de un hombre, de un barrio, de una generación) hay un capítulo que tiene como escenario al instituto Silverio Lanza y en el que hay un pequeño hueco para Maxi Hernández, el trasunto de nuestro Maxi Rey.

Así, no me corté ni un pelo y, tras informarle del asunto, le propuse que me acompañara en la mesa de figurantes. Por un momento temí que me ofreciera cualquier excusa —35 años son muchos años—, que no tuviera ganas de embarcarse en una aventura que él no había decidido de antemano. Pero su respuesta fue inmediatamente afirmativa. «Eso está hecho», recuerdo que me dijo, para a continuación añadir: «Pero mándame copia de la obra, pues quiero leerla con detenimiento y formarme mi opinión». Todo un profesional, como puede apreciarse.

El abrazo entre ambos lo dejamos para un rato antes del comienzo de la presentación, que tuvo un lugar en una sala repleta de vecinos de Las Margaritas, orgullosos de que las calles y gentes de su barrio fueran protagonistas de una novela. Y, claro está, con la comprensible ausencia de los representantes de la clase política municipal, ya que todos los años se presentan decenas de libros con los barrios de Getafe como figuras estelares, y tampoco es conveniente la sobreexposición pública. En lo que a mí respecta, creo que huelga decir que fue todo un honor poder contar en ese evento con la compañía de quien otrora consideré un maestro, y por ahí deben andar algunas fotos en las que un servidor aparece sonriente, feliz, más ancho que largo al lado de Maxi.

Emociones similares a las descritas me embargaron algún tiempo después, a finales del 2017, cuando presentamos mi segunda novela, Casa de Juventud, ambientada también en Las Margaritas y en el Getafe de los años 80. Acompañados ahora por Luis Martinez de Velasco, otro histórico profesor del INB Silverio Lanza, en este caso de Filosofía, el acto tuvo lugar en el mismo centro cívico y, afortunadamente, con el mismo éxito de público. Y cuando en abril de 2018, con idénticos protagonistas, realizamos una doble presentación de las dos obras anteriores en el Espacio Mercado de Getafe. Finalizado el evento, nos sentamos en la terraza del bar Plaza a tomar unas cervezas, aprovechando la tibia noche primaveral. La conversación iba y venía sobre asuntos varios —como la promesa de quedar en una próxima ocasión para comer unos huevos fritos con chorizo de León, la patria chica de Maxi—, y, por supuesto, sin olvidarnos nunca de la literatura.

—El protagonista de Casa de Juventud encarna a su manera el estereotipo clásico del héroe —decía Luis.
—Así lo creo yo también —asentía Maxi, para después preguntarme—: Por cierto, ¿que estás leyendo ahora?
—Estoy releyendo a Delibes —le apunté.
—La verdad es que don Miguel, ya en vida, era un clásico —me respondió. Y acto seguido, como si de nuevo estuviéramos en el instituto, me sugirió—: Y no dejes de leer El hereje. En esa novela están todos los «delibes».

Si bien con posterioridad hablé telefónicamente con él por alguna cuestión personal, ese día vi a Maxi por última vez, vestido con ese porte de la gente noble del pueblo, con ese fondo de hombre franco, directo, leal, sincero, con ese inequívoco aire de profesor vocacional y comprometido del que, a pesar de sus años años de jubilación, no podía desprenderse. Nunca le pregunté los motivos por los que ejerció la docencia, pero seguro que le influyó su espíritu solidario, su sentimiento de hombre de comunidad, su afán porque las personas, y con ellas las sociedades, subieran tres palmos más arriba que sus antepasados, tal y como recoge en su poema titulado precisamente Tres palmos, que he leído estos días en el Facebook de una de sus discípulas, y que transcribo más abajo. Y tal y como demostraba en sus otras facetas vitales. Porque Maxi, sin dejar de rotar en torno a su tierra leonesa y su familia, también aportó lo suyo en el mundillo literario madrileño, cultivando la relación con autores de cierto renombre, animando veladas y recitales poéticos —incluso con sus versos, la mayoría inéditos—, y haciendo las veces de notario visual del reino. Según cuentan, conservaba una importante colección de grabaciones en vídeo y fotografías de esos eventos, a los que solía acudir pertrechado con su cámara.

Un servidor no tuvo oportunidad de tratar a este otro Maxi, y bien que lo siente, pero me consuela pensar que lo conocí, y lo aprecié, en su faceta profesional de docente de Lengua y Literatura española en un instituto de Getafe, allá en los años 80 del pasado siglo, haciéndonos ver a sus alumnos de entonces el tesoro que se esconde, esperando ser descubierto, en la palabra escrita. Unos alumnos que hoy, agradecidos por sus enseñanzas, le deseamos el más placentero viaje a donde quiera que nos lleve la muerte. ¡Sí!, feliz viaje, maestro: los recuerdos imborrables que nos has dejado en nuestro corazón, son las lágrimas con las que lloramos tu ausencia. O viceversa.



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